
El tiempo pasa rápido, y cuán rápido se va que no le da tregua al presente que por momentos me atormenta con las cenizas de un pasado que en algún vértice fue vida y fue amor. Amor que una vez tuvo nombre, tangible y siempre víctima del ulular de una lista interminable de pecados.
El tiempo esa así, como el amor. Y esta larga historia comenzó con una corta despedida.
En un día de tarde nublada y de brisa fresca, ellos habían acordado verse por una necesidad que solo los amigos que se necesitan de verdad entienden.
Él, un muchacho sincero y de buenos sentimientos, tenía la costumbre de llevarle una flor, no comprada ni mucho menos maquillada con arreglos de floristería. Le gustaba escogerla de algún jardín ajeno y sentir que robaba la alegría que alguna señora pensionada o enamorada de su jardín para llevársela a su amiga, lo cual para él valía mil veces más la pena que gastar unos colones de más. Claro que no era un tacaño avaricioso pero sí un sentimentalista romántico.
Ella, inocente y repleta de dulzura para el mundo era toda una mujer a sus escazos 16 años. Siempre con una sonrisa regalando esperanza a quienes no tenían y de ese carisma tan maravilloso que la caracterizaba. Guardaba muy bien sus sentimientos camuflándolos con lo común del entorno y lo cálido de una mirada.
Hacia frío aquella tarde, quizá por el viento que no dejaba de soplar barriendo con esmero las hojas caídas que yacían por todas partes y meciendo con insistencia los árboles del rededor. Hacía frío y él sabía que no era por la brisa. Sabía que los presentimientos son como puñales que poco a poco van estocando la calma.
Por fin la vió aproximarse y de su boca nació una sonrisa, de esas sonrisas de quien se alegra después de pasar tiempo fuera de casa y vuelve, solo que en este caso la casa volvía a él.
Ella traía puesto un vestido de dos piezas ligeramente ceñido a su delgado cuerpo que la hacía verse más mujer. El cabello colocho y de un tono semirojizo , era acariciado con suavidad por aquella brisa.
Al encontrarse se abrazaron... Y una tibiesa descendió de sus ojos para encontrarse de frente al tiempo y al espacio. Un tiempo y un espacio que se apocaron con tanta cercanía habiente. Sabían que por más distancia que existiera entre los dos la única capaz de separarlos era la que hubiera de un corazón a otro. Lo que ambos sentían los unía de una galaxia a otra, y sin saberlo todavía durante toda la vida, y las vidas siguientes a esta.
Cruzaron la mirada y no hubo necesidad de palabra. Aquel brillo radiante lo decía todo: estaban felices. Ella besó dulcemente su mejilla y él la abrazo más fuerte como para nunca dejarla ir.
Habían pasado cinco meses sin verse. Largos meses sin esos abrazos y esos besos. Y por fin, ahí estaban, sintiendose como dos amantes que se hacen el amor sin tocarse.
Él la invitó a caminar y empezaron a alejarse de aquel paisaje junto a la tarde nublada y fría que ya invitaba a la noche a tomar su lugar.
Y sin pedirle permiso a la vida, a la tarde y a la vergüenza ella lo tomó de la mano...
Continuará...