jueves, diciembre 08, 2005


A veces el frío es como una niña que no tiene con quien jugar por las mañanas. Y a veces es mejor así.

Es como cuando uno tiene una de esas conversaciones sin sentido, donde se dicen muchas cosas en silencio, donde un abrazo es como pan para los pobres.

Tal vez es solo la necesidad, tosca e insoportable de lo ajeno, por caprichos de la vida o ilogismos propios.

Y si no logramos tomar el tren sin retorno del tiempo, o nos quedamos a mitad del bosque justo antes de que anochezca, podríamos regresar a casa algún día? Podríamos, sí, pero cómo saber cuál de todas las migajas seguir? A fin de cuentas hay que tomar el riesgo, no? De eso se trata todo, de riesgos y de migajas olvidadas por ahí.

Podemos correr hacia lo eterno de brazos abiertos queriendo despegar del suelo la nostalgia, y llegar hasta lo inimaginable volando. Por más lejos que eso esté, cuando uno quiere siempre puede.

Y ni qué decir de los poemas, las canciones y los días festivos, que de vez en cuando hacen de una común tarde de lluvia algo inesperado, llena de sonrisas que duelen y lágrimas que envenenan aún más el momento. Eso, sin duda alguna, no tiene precio.

Y a veces cuesta más ver lo medio vacío del vaso que lo medio lleno. Tal vez es solo por caprichos de la vida, que la necesidad tosca e insoportable se vuelve ilógica.
Aunque a veces, muy pocas veces es mejor así.


Mientras conserves pura la ternura, el alma, el corazón
Y sigas bajando uno a uno los peldaños de mi voz
Mientras permanezca silente la noche, los suspiros y yo
Guardaré entre mis brazos el tiempo, los susurros, a vos…

miércoles, diciembre 07, 2005


Límites imprecisos y bordes gráficos

Considerar que las situaciones, los cuerpos de conocimientos, las relaciones afectivas, los estados de ánimo, las emociones, los ambientes, etc., no tienen límite, es tan falso como hacer lo contrario. Independientemente de la postura que se tome, se podrá llegar a la determinación de que cualquier punto de vista contaría con los argumentos suficientes para sobreponerse a otro, pero el problema no comienza ni termina ahí. Si tratásemos de encontrar el límite entre el amor y el odio (muy aparte de darnos cuenta que así como podemos amar a una persona también la podemos odiar, incluso al mismo tiempo), llegado el punto sería imposible afirmar dónde comienza uno y dónde termina otro.

Un conjunto, por ejemplo, representado gráficamente, termina en sus bordes (piense el lector en una ruedita sobre una hoja de papel). Pero no sólo eso sino que se define por dos condiciones de lugar: el afuera y el adentro, aunque no tenga puertas, ventanas o balcones. Todos los elementos que le pertenecen están dentro. Lo que no, queda fuera del conjunto.

Falsamente se supone que llegar al borde del conjunto es llegar al límite. Si el conjunto A está compuesto por todos los números entero positivos, los que no sean enteros ni positivos, no podrán quedar allí dentro. Sin embargo, a uno le faltaría paciencia, vida y pulso para enumerar todos y cada uno de los elementos de cada conjunto y, en ese sentido, aunque los conjuntos tengan bordes, son ilimitados. Carecen de un límite preciso acerca del cual se pueda afirmar que ahí terminan. Por ello, su delimitación se manifiesta como un sobrentendido, como algo que dice y no dice al mismo tiempo.

Las relaciones amorosas tienen un límite, en tanto que no duran toda la vida, pero éste no es preciso porque no se puede anunciar con letreros: ``aquí terminó el romance con X y principia con Y'' (aquí el lector puede pensar en dos de sus grandes amores, si es que los tuvo). Sin embargo, cuando alguna de las partes implicadas en un romance anuncia: ``se acabó'', en ese momento, en ese preciso instante, le puso fin a la relación y, por ende, le puso un límite simbólico, aunque siga queriendo o amando a la persona con la cual terminó. De ahí que sea difícil determinar con quién se casará uno porque las relaciones amorosas, al igual que las gelatinas, unas cuajan y otras no. Es posible entonces que uno siga enamorado de la persona con la cual terminó hace cinco años porque acabó con la relación, pero no con ese sentimiento que estaba ahí dentro.

Ya que el límite siempre es simbólico, es convencionalmente imaginario y, en tanto que sólo puede ser narrado, está hecho de lenguaje. El borde es la representación gráfica de eso que se narra. Por ello, los bordes de las relaciones amorosas, a diferencia de los pertenecientes a los conjuntos numéricos, están más o menos dados por fechas de inicio y terminación, y se cuentan por días, meses e incluso años, de donde viene la necesidad de fijar fechas de reinicio que más o menos están representadas por los días de aniversario. Hay de aquel que olvide la fecha de su casamiento o comienzo del noviazgo porque puede ser motivo de ruptura, sobre todo cuando siempre se le olvida.

En sentido estricto, los conjuntos carecen de límites porque no terminan en su representación gráfica, pero tampoco comienzan en el centro. Los bordes son conjuntos de puntos, los límites, conjuntos de momentos que definen situaciones fronterizas hechas de palabras. Son líneas hechas de bordes o, dicho pedantemente: borderlines. Mientras un borde se ve, los límites sólo se sienten, son invisibles. Contienen ambientes particulares que definen situaciones. El borde las delimita y les da forma y figura, pero no contenido.

Tenemos, pues, que la intensidad con la que se amó una persona no puede estar determinada jamás por las fechas de comienzo y terminación de un romance. Mientras el borde sólo puede trazarse (ya sea en el papel o en el calendario o en donde se le dé la gana pensar a uno), el límite nunca puede establecerse con precisión. El borde del presente texto está dado por las frases iniciales y terminales, pero el límite del mismo no puede establecerse con precisión, sobre todo si no se entendió.

martes, diciembre 06, 2005


No sé cuándo, cómo o por qué el tiempo se deshizo de las horas de aquel día que terminó cuando yo apenas estaba comenzando.

No sé cuándo, cómo o por qué la voz se transformó en pedacitos de ternura, abrazos en silencio, en besos de cristal. Cuándo, cómo o por qué los abismos se llenaron de luz.

No sé cuándo, cómo o por qué las sonrisas hacían de la nostalgia una sombra larga, pausada y simple, tan simple como sumergirse en lo más eterno de la niebla para no regresar jamás.

No sé cuándo, cómo o por qué una palabra, un momento, dejó de ser espacios en el tiempo, cuando una confesión inconclusa convierte la tristeza en aves miniatura.

No sé cuándo, cómo o por qué las trivialidades se vuelven fundamentales, escarbando entre lo infinito en busca de alguna orilla para estar, de alguna miniatura para volar.

No sé cuándo, cómo o por qué el tiempo, la voz y las sonrisas me llevaron a lo fugaz, lo mágico a estar, sometiendo lo ilógico a callar, cuando aquel día estaba terminando y yo estaba por comenzar...

Ojala supiera, ojala pudiera ser como el aire, inherente y viajero, peregrino del tiempo, para poder llegar, solo por siempre hasta ti, solo por toda la vida hasta lo más profundo de tus labios.

Ojala pudiera ser como el silencio, compañero y errante, así de hondo y eterno, para poder bajar, lágrima a lágrima hasta ti, y susurrar en cada oscuridad, en cada suspiro tu nombre.

Ojala pudiera ser como el tiempo, infinito y flotante, siniestro y menguante, para poder montar, sin luto, sin temor, sobre el lomo calcinante de las tinieblas, y cabalgar así, vehemente, hasta el filo de tus brazos.

Ojala pudiera ser, simiente y constante, omnisciente y sedante, para poder así quedarme, permanecer, lágrima a lágrima, susurro a susurro, solo por siempre, suspirando tu nombre más profundo que cualquier beso, hasta el mortal filo de tus brazos.

Solo por siempre...

No sabía cuando desperté si levantarme o seguir distraído. De haberme levantado seguramente tendría la mente en muchas cosas, y si seguía distraído mi corazón estaría en una sola. Probablemente no pensaría con claridad así que me di la oportunidad de tener paz, por lo menos unos minutos más.

Y no importa lo que ellos dicen, si más importa lo que siento y todos los momentos buenos que deseo tener. Es como un especial de medianoche o un maratón de sonrisas y llanto.

Y esas son cosas que uno no debería perderse por nada. Después de todo no siempre van a estar ahí.

No sabía cuando me enamoré si darlo todo o quedarme con algo. De haber guardado algo seguramente en este momento podría al menos devolverlo, pero cuando uno lo da todo al final no le queda nada más que guardar unas cuántas lágrimas secas, cartas con aroma a nunca jamás y uno que otro suspiro atorado en las redes del pasado, que si fuera tan lejano como debiera sersería mejor.

Nunca me gustó dejar que la suerte decidiera mi destino, destino que después de todo nunca existió mas que en la memoria de algunos pájaros, quienes desafortunadamente todavía andan por ahí, sobrevolando todo lo que no tiene alas, todo lo que ya no puede soñar.

Ya estoy cansado de decir que no siempre lo más fácil es lo mejor y que lo mejor es comenzar siempre por lo más fácil, o eso le oía decir a mi abuela.No importa quien tiene la razón si de todos modos ya no triunfan los que ganan, sino también los que luchan. Eso cuenta también, no?

Pero ya dejándome de sarcasmos, en lo que sí estoy de acuerdo es en amar, cuando uno ama de verdad, con locura. Porque el amor todo lo cura y lo que no cura lo transforma en mariposas de papel o en cenizas, dulces cenizas.

Así que pensándolo bien preferí levantarme que quedarme distraído. Corría el riesgo de sentirme desolado, incompleto, por más que mi corazón se quedara callado, mi cabeza siempre le da inmensos giros a la realidad.

Mejor así, o mejor no. Dejemos que la suerte decida esta vez…


Érase una vez, hace ya muchas lágrimas, un peregrino. Vivía soñando y soñaba despierto, justo cuando a los días solamente les quedaban pequeños suspiros de luz para morir.
Y una tarde, de aquellas tardes que deslizan agujas de sorpresa en las esquinas, se dio cuenta de lo que sentía. Asintió con la cabeza y se dejó caer al pasto. Para finalmente decir: “hube amado”.
Y el amor, para aquel peregrino, qué era? Qué significado tenía para él el amor? Después de todo, “amar sin ser amado, qué sentido tiene?” Pensaba. Era acaso lo mismo que cabalgar en unicornios azules, sobre algún arco iris de papel? O tal vez como asesinar dragones lanza llamas, como quien mata la pena de un golpe al corazón?
Quizá él tenía razón. Tal vez era mejor vivir soñando y soñar despierto. Talvez era mejor haber amado alguna vez que nunca haberlo hecho. Después de todo, no tiene sentido amar sin ser amado.
Sería como degollar a la nostalgia, para sufrir menos o para sufrir mejor. Hace ya muchas lágrimas, que érase una vez, un peregrino…

Hace tiempo, cuando el amor se regalaba, las flores eran como hadas chiquitas, tan chiquitas que cabían en una sonrisa y la vida podía ser mejor cada día.

Hace ya tanto tiempo que un ocaso siempre significaba una promesa de amor eterno y la luna llena era un recuerdo para nunca olvidar lo eterno del amor…

Hace tiempo cuando los sueños viajaban en canastas y todas las mañanas algún pajarillo se posaba sobre la pena a cantar.

Hace tiempo, cuando los besos eran alas para el alma, las fantasías eran como tramos largos de la imaginación o estrellas fugaces en la oscuridad.

Hace mucho tiempo, lo admito, que debí aprender a soñar así, a dejar que la tristeza saliera del vacío a jugar.

Cuando el amor se regalaba y los abrazos eran obstáculos en el tiempo, la vida era mejor cada día y lo eterno del amor era amar eternamente...

Toma tiempo acostumbrarse al silencio, a la oscuridad, al frío y a la soledad, a todo lo que viaja en el viento, en la sangre, en la memoria.

No es fácil divagar, suspirar largo y tendido a las sombras, al corazón y a todo lo que calla a la razón, al odio y al amor.

A veces cuesta más tener esperanza que esperar, que escribir a todo lo que sufre, siente, vive y lucha, anhela y busca paz en un mundo de guerra.

Toma tiempo acostumbrarse a lo cruel, a lo extraño, a todo lo que se vuelve vano y no en vano es cruel, a todo lo que es amar en miniaturas o morir como los grandes, porque al fin y al cabo qué es mejor: vivir con honor o morir con gloria?

No es fácil olvidar lo que hiere, lo que inventa el dolor por diversión, todo aquello que convierte a lo sagrado en mundano, a las fieras entristezas domésticas.

A veces cuesta más abrir los ojos que andar a ciegas, tomar la mano de aquel que te gusta, sonreír sin motivo y soñar despiertos.

Cuesta más que decir “te quiero” y querer borrar las marcas en la arena o dejar que se las llevela marea.

Toma tiempo acostumbrarse al silencio, a lo que hiere, lo que sufre, a los recuerdos, lo que ama y al corazón...

Y si nada de esto es verdad, si todo es un suspirar tendido y largo en el silencio, qué más da? Prefiero entonces seguir soñando, para qué despertar?

Cuando el pasado es tan solo un lejano país, y los recuerdos son poetas mancos, qué más da? Prefiero ser eterno en la memoria, infinito y gloria, para qué soñar?

Si de todas las palabras jamás dichas, se esculpe el más grande de los abrazos, el más inolvidable de los besos, qué más da? Prefiero vivir amandoque odiar.

Aunque nada de esto sea verdad, aunque todo sea un suspirar tendido y largoen el tiempo, qué más da… Prefiero entonces seguir soñando, para qué despertar?

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