
Esperé dormido como una columna gris,
con el peso callado de tu sombra en mis paredes, te llamé...
y te vi, lejos en le horizonte de luces,
triste como un barco que parte,
distante como el sol que se va. Morada.
Enredé tu pelo en mis manos
-Por última vez- pensé,
y mis dedos volaron por los mástiles verdes,
por los caminos oscuros,
y los lagos mudos donde se lava el placer.
Esperé tu silencio,
el agua de tus ojos para llorar en mi cielo.
Confié en tus palabras como se confía en la muerte,
y te hablé...
Creí que me escuchabas,
pero te falto escuchar lo que no te dije, mi silencio.
Ay, bella criatura que tanto amé...
tan mínima para tantos ojos,
pero los mios jamás te podrán contemplar completa!
Vuelve... no, no vuelvas...
si partiste fué porque dudaste,
y al dudar se acaba la magia y se agrieta la fe.
Ahora me entierro taciturno en tus olas,
buscando rastros de tu olor marino,
mientras que de morados y anaranjado se manchaban las nubes
en el adiós del sol.
Tristes...
tristes son los atardeceres en los que falta tu presencia!
Pero hoy me refugió en un nuevo tiempo,
tiempo de secar mi frente sudorosa,
de buscar nuevos caminos que me lleven a lo que nunca he sido.
Con palabras universales y sentimientos sencillos
se riegan los campos donde el tiempo,
a pesar del tiempo,
sigue siendo un amigo.